España tiene los días contados… (y Cataluña también)

España, tal y como la conocemos, está a punto de desintegrarse. Y no, no precisamente porque Cataluña u otras regiones vayan a las urnas. Sea cual sea el resultado de un referéndum o elecciones plebiscitarias, la independencia parece ser un resultado poco probable. Para que ésta sea legítima, no basta con un amplio apoyo doméstico ya que se requiere el reconocimiento de interlocutores internacionales y parece que no está el patio para ofrecerlo.

Los recientes patosos intentos de apagar la situación por parte del estado están contribuyendo generosamente a la causa, como demuestran los tuits de Julien Assange o Edward Snowden, pero la cuestión Catalana difícilmente conseguirá el apoyo de muchos otros países que temen despertar sentimientos independentistas en su propio territorio (cabe decir que en este sentido, estoy abierto a sorprenderme por la cabezonería e ineptitud del gobierno). Basta con ver ejemplos cómo Kosovo, donde, a pesar de interesar geopolíticamente a Estados Unidos y la Union Europea, solo es reconocido por poco más del 56% de los países del mundo. Ni siquiera gozan de moneda propia, usando el Euro de facto en lugar del dinar Serbio. El ejemplo de Palestina es tal vez el más ilustrativo, aparentemente ganando en el terreno moral ante muchos países en el mundo pero con una población que tiene que pedir su pasaporte al gobierno jordano.

Pero difícilmente, la situación se quedará en el status quo. La desintegración de España la marcará probablemente el resultado de otras urnas: las alemanas. Una vez haya cerrado el pacto con sus nuevos socios y se haya espolvoreado los 65 escaños que ha perdido en estas elecciones, la Kanzlerin Angela Merkel se verá obligada a dirigir la mirada a Macron y acabar lo que empezaron. Tarde o temprano, Europa tendrá que tomar una de dos decisiones: crear una política fiscal común o acabar con el Euro.

12octubre
How much is this costing us? The minister is asking.

Retírense los ofendidos, ésta no es cuestión de opinión subjetiva o de identidad. Se trata de un requisito obligatorio y dictaminado por la teoría y práctica económica. El primero en exponer los requisitos de una unión monetaria óptima (el one-size-fits-all), fue el economista canadiense, Robert Mundell. Se puede – y se debería – entrar en mucho detalle sobre la evidencia que existe para apoyar esta teoría, pero para exponerlo brevemente, vamos a analizar los tres requisitos principales para tener una moneda común entre varios países (como el Euro):

  1. Perfecta movilidad de capital humano (trabajo): Los distintos idiomas y el apego a la tortilla de patatas de la abuela han hecho que el movimiento de personas sea lejos de lo deseado y que tengamos regiones con 40% de paro como Andalucía y otras con cifras del 3% como en Baviera. Sin embargo, de iure, el movimiento de personas está completamente libre de restricción en la Eurozona.
  2. Perfecta movilidad de capital (inversión): Paradójicamente, la gente de mundo que suelta una de cada tres palabras en inglés tampoco se atreve a dejar su dinero lejos de donde se crió. Es una cuestión que la misma Unión Europea está intentando resolver. Pero de iure, no existen limitaciones a libre movimiento de capital.
  3. Mecanismo de transferencia de riesgo (política fiscal común): Cuando llega una crisis asimétrica, la transferencia entre fondos de las regiones que tienen más a las que tienen menos debería ser inmediata y obedecer criterios racionales. Así fue en Estados Unidos cuando explotaron las burbujas inmobiliarias en Florida y Nevada, donde el gobierno Federal Americano pagó las facturas sin tener que suplicar ayuda a los estados de Nueva York o California. En la Eurozona, sigue sin ser así.

Europa ha hecho el ridículo en este último punto, sometiéndose a la merced de lo que opinaran políticos regionales con agenda propia. La respuesta ha sido débil, tardía y descoordinada, y el resultado ha sido innecesariamente doloroso y costoso.

Por desgracia, ello no significa que los gobiernos actuales hayan aprendido y, por consiguiente, la situación no es ideal. El apoyo al presidente francés cae vertiginosamente y los probables socios de gobierno de Merkel, el FDP, seguramente no pongan las cosas fáciles. Como en toda buena campaña electoral, durante la carrera al Bundestag, se han dicho y prometido cantidad de tonterías incluyendo guiños al Euroescepticismo. Tanto Merkel como Macron constituyen solo una sombra del fuerte frente común que prometían ser en Europa.

Pero tanto Merkel como Macron saben que así no se puede seguir. Las respectivas campañas electorales han acabado y ahora toca trabajar. Los demás gobiernos tienen poco que decir. ¿Con qué autoridad podrán objetar España, Grecia, Portugal, Chipre y Portugal, que tuvieron que ser rescatados? Los otros doce gobiernos de la Eurozona son mayoritariamente afines a la dirección del eje Francia-Alemania. Por otra parte, el Brexit ha acallado a una de las voces más críticas de la integración Europea y ha acallado a muchas voces euroescépticas. Al final, aunque Macron y Merkel no sean co-autores en este asunto, la pregunta seguirá en pie: ¿crear una política fiscal común o acabar con el Euro?.

Para recapitular y volviendo al título de este artículo, ¿qué papel jugará el estado Español en todo esto? Una vez los impuestos se decidan en Bruselas, ¿qué poder tendrá éste sobre su territorio? Me atrevo a augurar que la consecuencia de esta cuestión es tan significante que veremos un cambio radical en el concepto del estado nación, tanto en España como en Cataluña. El cambio podrá ser silencioso y lento, pero acabará con un país irreconocible. Sí, por supuesto Europa respetará las distintas características regionales. En Madrid, se seguirá celebrando el 12 de octubre y por las calles habrá algún tipo de desfile. Pero ya veremos los que nos deja gastar en ello el Ministerio de Finanzas de la Eurozona.

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