Marketing político, escondrijo del mediocre

El libro “Las 22 leyes inmutables del marketing” cumplirá un cuarto de siglo este año. Firmado por los gurús del marketing Al Ries y Jack Trout, resulta una obra de fácil y rápida lectura para cualquiera que se dedique a la mercadotecnia, y tan relevante es hoy como cuando se publicó. Si no lo has leído aún, Amazon probablemente te estará persiguiendo durante tu navegación hasta que lo compres.

Para el propósito de este artículo, nos centraremos en la quinta “ley”, la que hace referencia a “la Ley del enfoque”. En ella, los autores afirman que el concepto más importante del marketing es “poseer una palabra en la mente de tu público”.

Más allá de los ejemplos triviales – marcas como Pepsi Cola que se asocian a “juventud” o Crest a “caries” – , merece una especial mención el caso de la lucha por la legalización del aborto, un excelente caso de el marketing puede despistar a la ciudadanía del “producto”.

En Estados Unidos, la batalla del aborto – aún en plena lucha-, se libra entre los frentes pro-lifepro-choice, pro-vida y pro-decisión libre, respectivamente. Ambos casos son ejemplares del poder del uso del marketing para transmitir un mensaje con convicción: o estás en contra de la vida, o en contra de la libertad de decisión, conceptos que se encuentran a la par en la conciencia de la civilización moderna. Sin afán de sobredimensionar el impacto del marketing en este tipo de cuestiones, resulta llamativo que la opinión pública de Estados Unidos está atascada en prácticamente la misma posición en la que se encontraba en el año 1973, año en el que una resolución de la corte suprema – Roe vs. Wade – abrió la posibilidad de legalizar el aborto. En contraposición, posición liberal en una cuestión como el matrimonio homosexual se ha asentado a una velocidad vertiginosa, especialmente si se tiene en cuenta que hasta 2003, la práctica sexual entre dos personas del mismo sexo se consideraba aún un crimen en estados como Tejas.

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Buen marketing, mal razonamiento

En España, durante todo el proceso independentista, la opinión ha quedado enquistada entre los frentes de “pro-democracia” o “pro-legalidad”. Al igual que en el caso del debate del aborto, los dos extremos emplean valores sagrados que tenemos grabados en la conciencia demócrata. ¿Quién, salvo en algunos extremos radicales, pondría en duda la santidad de la democracia y el orden legal en un estado de bienestar?

Pero, ¿debemos realmente creer que el debate va de “la voz del pueblo” o de “leyes”? Si investigamos un poco, podemos ver que en cada caso, el concepto empleado no es un fin en sí mismo, si no más bien en un medio del cual se pueda disponer según convenga. Esto es grave, y no sólo porque se trata de una contradicción inocente, si no porque, como buen marketing, proporciona un excelente escondrijo a la mediocridad y empobrece el debate que se debería tener.

La Cuarta Ley, según el libro con el que hemos empezado, afirma que el marketing no es una “batalla de productos, sino de percepciones”. Tal vez es hora de darnos cuenta que esto no va de mercadotecnia, y al final, tendremos que asegurarnos que sea cual sea el “producto”, sea el mejor para todos.

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