Por qué fronteras abiertas no necesariamente significaría más inmigración [La Vaca Sagrada – parte 2]

En un anterior artículo planteé “matar” la “vaca sagrada” de las fronteras nacionales. ¿Qué ocurriría si Europa permitiera a entrar a todo el mundo por igual? En una serie de entradas en el blog, iré respondiendo a cada uno de los planteamientos que puedan surgir.

Planteamiento número 1: No cabemos todos.

Una de las objeciones principales a la fronteras abiertas es que vendría todo el mundo aquí, y aquí “no cabemos todos”. Que “no cabemos todos” en el sentido literal es evidentemente una exageración, y dudo que quien lo pronuncie lo diga en serio. Para reducir el argumento al absurdo, el 2011, año en el que la humanidad llegó a los 7 mil millones de habitantes, National Geographic apuntaba que si colocásemos toda la humanidad codo a codo, no llenaríamos la ciudad de Los Angeles en California. La Unión Europea es 4000 veces más grande y sobrada de espacio habitable, con 113 personas por km2. Pero más allá de la limitación del espacio, estamos dando por hecho un supuesto: que con fronteras abiertas, “todo el mundo” acabaría aquí. Y no tiene por que ser así.

En el tercer capítulo de la tercera temporada del fantástico podcast Revisionist History de Malcolm Gladwell, se recuerda un momento histórico de cambio en el fenómeno de la inmigración mexicana a Estados Unidos. Hasta los años 70, la frontera entre México y Estados Unidos era completamente porosa, y cruzarla no suponía coste alguno. Según cuenta el narrador, había niños que cruzaban el Río Grande nadando para vender sandía en Tejas durante el día, y volver a su casa en México esa misma tarde. El fenómeno migratorio mexicano se caracterizaba por ser rotativo, con un retorno al país de origen de hasta un 85%.

Cruzando el Río Grande… ¿y volviendo?

Pero el año 1973, bajo la administración de Nixon, el retirado Comandante de los Marines, Leonard F. Chapman Jr., fue asignado a la posición de Comisario del servicio de Inmigración y Naturalización de Estados Unidos, INS por sus siglas en inglés. Su extensa disciplina militar y carácter intransigente, lo llevó a poner el grito al cielo al observar que la frontera entre los países vecinos no era más que una línea en el mapa que no era respetada en el terreno. A diferencia de sus antecesores, burócratas de Washington que nunca habían visitado la zona, decidió ponerse manos a la obra para hermetizar la entrada al país. Esto supuso un cambio radical respecto a la anterior política, militarizando la zona y acumulando una inversión de hasta casi 40 mil millones de dólares hasta la fecha, con perspectivas de multiplicar exponencialmente si el presidente Trump acaba construyendo el muro que tanto ha prometido.

¿La paradoja? En dónde antes no había un problema, se creó uno. En una grabación se puede oir a Chapman presumir de hasta qué punto el “problema” de la inmigración se convirtió en vox populi. Según una encuesta que el mismo departamento encargó a la agencia Gallup, en el año 1973, sólo un 15% de la población era “consciente” del problema (de la frontera porosa), mientras que tres años más tarde, esa cifra había llegado al 85%”, creando así el descontento del país con la inmigración ilegal.

Y es que los patrones empezaron a cambiar. Durante las administraciones consecutivas, el endurecimiento de la política fronteriza incrementó significativamente el coste de cruzar la frontera. Consecuentemente, los trabajadores mexicanos (en larga medida hombres) que lograban cruzar la frontera se asentaban en su nuevo país, por miedo a que si regresaban, no volverían a ser admitidos. Si en el año 1980 la mitad de los hombres que cruzaban retornaban voluntariamente ese mismo año a México, en el año 2010 esa crifra había bajado a cero. Más tarde, y por todos los medios necesarios, intentaban llevarse a sus familias, que precisamente ahora constituyen los niños y niñas indocumentados que ahora llaman Dreamers. Sin papeles en regla, y con una formación limitada, muchos de ellos se vieron obligados a trabajar al margen de la ley, cayendo así en la cultura de gangs y el narcotráfico.

Los sociólogos Douglas Massey, Jorge Durand y Karen A. Prend, célebres expertos en el tema, publicaron en el American Journay of Socioligy un artículo llamado “Why Border Enforcement Backfired” (por qué salió el tiro por la culata en la política fronteriza), llegando a la conclusión de que, de no ser por las políticas fronterizas desde 1986, habría un tercio menos de inmigrantes indocumentados en el país.

Esta lección es una que nos debería resultar familiar en la Unión Europea donde, de hecho, las fronteras internas son inexistentes. ¿Y cuáles son los resultados? De los 511 millones de habitantes en toda la Unión, sólo 15 millones con nacionalidad europea, menos del 3%, viven en un país Europeo distinto del que nacieron. En comparación, 30 millones de habitantes son de países de fuera de la UE.

La cifra es baja, especialmente teniendo en cuenta la crisis que tanto ha afectado a los países del sur de Europa y la entrada en 2008 de 10 países exsoviéticos entre los que se encuentra Bulgaria, con un PIB per cápita inferior al de México. Ninguno de los dos episodios supuso un éxodo masivo, y las personas que se desplazaron para buscar una vida mejor están empezando a regresar a sus países de origen.

Por supuesto, las comparaciones son difíciles. Cruzar el Río Grande no es físicamente tan complicado ni costoso como cruzar el estrecho, el Mediterráneo o venir de un país más lejano. Pero gracias al transporte aéreo económico, tampoco es imposible imaginarse un fenómeno de inmigración rotativa como el que se observaba en Estados Unidos en la década de las 60.

Por otro lado, no siempre se abandona un país con la idea de volver. Muy a menudo, el motivo puede ser el conflicto o la persecución por las ideas políticos, preferencia sexual, etc. Pero la categoría de “refugiado” ya tiene el reconocimiento de las Naciones Unidas, que obliga a los estados a aceptarlos y no devolverlos a su país. En cierto modo, ya cuentan con el derecho “libre” de entrar a Europa, si bien el proceso de asilo es costoso e inhumano, pero esto merece otro artículo.

Tenemos que romper con el mito que los inmigrantes siempre quieren quedarse a vivir en el país de acogida. En muchas ocasiones, no lo prefieren; sólo toman la decisión racional de ir a un país donde sus ingresos aumentarán sustancialmente respecto sus países de origen. Precisamente, las remesas que luego envían a sus países, suponen un flujo de ingresos más estable en sus respectivos países que la ayuda a la cooperación, la inversión directa y deuda pública, teniendo un impacto positivo en la prosperidad del país y reduciendo así los motivos para emigrar. La idea de que, con un “Plan Marshal” para África se puede conseguir los mismos resultados es también motivo de otro artículo.

Sin embargo, las políticas actuales en migración suelen hacer muy costosa la opción de entrar y salir de un país una vez cruzada la frontera. La idea de que la inexistencia de fronteras conllevaría una tasa menor de desplazamientos migratorios puede resultar contraria al sentido común, pero no por ello falsa. En todo caso, según apuntan los datos, la objeción de “no cabemos todos” se podría refutar con la hipótesis no “todos quieren quedarse”.

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